Alegría: elegir vivir con ligereza

Alegría es mi palabra del 2026.

No llegué a ella por inspiración. No la encontré en ningún libro ni en una cita que me cruzó en redes.

La elegí como decisión consciente. Como actitud. Como antídoto a mucho dolor, propio y ajeno.

He pasado por la oscuridad de quien se siente invisible por mucho que haga. Por la tristeza del duelo. Por la valentía que nadie ve porque va disfrazada de fortaleza.

Y esa valentía me ha exigido un precio que pocas veces nombro: la paz y la calma necesarias para restituirme. Pero la paz sin alegría es solo supervivencia.

Y yo no quiero sobrevivir.

Quiero vivir.

La alegría como decisión

Las personas a mi alrededor me han percibido alegre, combativa, fuerte, luminosa. Han visto una sonrisa, un calor, una energía que les ha acompañado.

Y yo me he observado agotada y triste.

Eso duele de una manera muy particular porque cuestiona mi honestidad. Porque no quiero ser luz para los demás y oscuridad para mí misma. Quiero servirme de espejo. Disfrutarme como otros me disfrutan. Sentir lo que proyectan que soy.

Ver no es observar

Y entonces me pregunté: ¿qué tipo de observadora estoy siendo?

Porque observar no es lo mismo que ver. Ver es un acto sensorial. Observar es siempre interpretativo.

Desde quién soy. Desde lo que cargo. Desde las creencias que me habitan y las emociones desde las que vivo.

No hay acceso directo a la realidad. Hay siempre un filtro. Y ese filtro soy yo.

Lo que veo como posible determina lo que hago. Y lo que hago determina los resultados que obtengo.

Si me observo desde el agotamiento, el mundo se estrecha. Si elijo observarme desde la alegría, algo se abre.

No es ingenuidad. Es la decisión más transformadora que he tomado este año.

Un modo de habitar la vida

David Hawkins sitúa la alegría por encima del amor en su mapa de niveles de conciencia. No porque sea superior, sino porque es amor evolucionado, amor sin apego. Es el estado en el que das sin esperar, fluyes sin forzar, estás sin aferrarte.

Una frecuencia. Un modo de habitar la vida.

Por eso este año la alegría no es algo que espero que llegue. Es algo que elijo.

Liviandad. Ligereza. Alegría. Ese es el triángulo en el que quiero habitar.

No porque la vida haya dejado de ser exigente. Sino porque sé —me lo dice mi cuerpo— que desde ahí todo se hace más fácil. Más fluido. Más mío.

Se cultiva. Se elige. Se practica. Un día, una decisión, un momento a la vez.

La alegría no niega el dolor, pero lo sostiene de otra manera. Con más gracia. Con menos peso.

Y eso, para mí, lo cambia todo.